Quien no haya logrado penetrar el secreto mortal de esta ruta, no acertaría a reprimir su espanto frente al lodo que se estremece como movido por una fuerza bestial, y concretaría de súbito sus ambiciones de viajero a esta villa de Castillos, fundada en 1866 y metida en un pozo, como tantos otros pueblos nuestros, cuyos primeros pobladores eligieron sin tino los bajos en vez de las cuchillas para levantar el núcleo de sus viviendas de quincha y terrón.                 

 

   Pero yo perdí el miedo a este camino salvaje después de haberlo frecuentado durante un lustro, año tras año, en los meses invernales, cuando el agua cae días y días sin tregua, cuando la helada quema como una brasa y cuando las ráfagas del sur pinchan la piel como la espina del molle.

Perdí  el miedo porque me tocó en suerte viajar junto al más antiguo de los mayorales en actividad de esta zona rochense: Fausto Plada.                                              Fausto nació en San Carlos  en 1866. Tiene, pues setenta años. Pero es delgado y ágil y pertenece a una raza que no denuncia la vejez en el pelo apretado y corto.

Cuando, a principios de 1886, la idea revolucionaria ardía como una antorcha, cuyos resplandores debieron apagarse después, tristemente, en las costas del Quebracho y en las Puntas de Soto, lió sus escasos petates, caminó largas jornadas y se detuvo, por último, en Santa Vitoria del Palmar.                        Aquel muchacho que no contaba aun veinte años, no emigró del país por cobardía, sino por impulsos no extinguidos de independencia individual. Se resistió a servir en cualquiera de los bandos en pugna porque abominaba de toda extraña dependencia jerárquica.                                                                                        A través de los años, esa potestad de obrar según su voluntad propia, sin sujeción a nadie, sin otros frenos para el ejercicio de sus acciones que los que impone la hombría de bien, perdura todavía en el espíritu de este gaucho que nunca fue a la guerra, que no vio brotar la sangre de la garganta abierta del vencido, ni carchó al muerto, ni comió carne robada, ni tiene en el pellejo cicatrices que ostentar como trofeos de valor.                                                                         En Santa Victoria, Fausto ganó los primeros reis en trabajos brazales; formó hogar; vinieron los hijos; y después de treinta años, atravesó de nuevo la frontera en 1914, y sus manos colocaron los primeros adoquines de las calles de la ciudad de Rocha.                                                                                                                 Pero los caminos eran su atracción. Ingresó a la empresa de don Domingo Corbo, cuyos carruajes servían la línea Rocha- Lascano. Y en corto plazo ascendió al rango de mayoral.

Al cabo de seis años, el mayoral compró la línea. Tenía veinte y cuatro caballos, y mudaba posta en campos de don Zenón Píriz, de don Isidoro González y en el Alférez, más allá de Pueblo Velázquez, en los predios de don Antonio Bonifacio.                                                                                                                               Viajando de noche durante el verano y emprendiendo la marcha al amanecer de los días invernales, Fausto Plada recorrió durante un lustro el camino de ciento quince kilómetros que, en aquella época, se extendía desde Rocha a Lascano.                                                                                                                                El trazado del actual carretero acortó después las distancias.

En aquella etapa de su vida, no se registra ningún contraste. Jamás llegaron con atraso a su destino  los sacos de correspondencia, ni se perdió ninguna encomienda, ni faltó ningún valor en las bolsas postales, porque el honor custodiaba la carga y porque en la tabla del pescante vigilaba la pericia para que no cayera al sesgo, en la zanja, la rueda delantera del coche.

 

Plada sintió, sin duda, la pena de verse ausente por tanto tiempo de Santa Victoria  del Palmar. Tuvo la nostalgia de aquel pueblo callado, a orillas de la Laguna Merim, con sus calles arenosas, sus techos de teja a cuatro aguas  y su plaza sombreada, sobre la cual ostenta la inscripción de su antigua edad el edificio de dos plantas que levantó, hace ya muchos años, don Floriano Correa y por cuyos amplios salones vaga aún el espíritu desventurado de don Plácido Terra.

El recuerdo del pueblo que fue cuna de sus hijos, empezó ciertamente a corroer el alma de Fausto Plada, como un bien perdido, y lo impulsó a enajenar la línea Rocha-Lascano. Realizada la venta, adquirió la línea al Brasil. Y he aquí como el viejo mayoral volvió a entrar a Santa Victoria con su carruaje tirado por ocho lindos trotadores y con sus limpias credenciales de correístas.

 

¿Recuerda usted, don Fausto? Poco después de media noche del 11 de mayo de este año 1936, cuando la creciente del arroyo Castillos rebasaba las orillas del pueblo e inundaba los ranchos de los cuales huían las mujeres y los niños, mientras que los hombres se afanaban en salvar las ropas y los pequeños muebles que flotaban en el agua, usted prendió sus ocho caballos, acondicionó bien los sacos de correspondencia dentro del coche y se aprestó a salir en dirección a la frontera.

Bajo el viento huracanado, envuelto en las cortinas de la lluvia, el coche avanzó despacio por la calle de Molina y se detuvo frente a la posada de don Juan Coronel.

Le aconsejaron:

-  No se tire, don Fausto.

Y le advirtieron:

-  Se queda en las arenas.

- No llega a la vuelta del Palmar.

Usted sonrió sin despegar los labios, asomó la cabeza envuelta en un gorro de lana con orejeras, y dijo simplemente:                                                                    – El turno de la correspondencia no admite excusas.

Sonaban las dos de la mañana cuando salté al pescante y me senté a su lado.                                                                                                                                              Contrariando sus hábitos, Castillos no dormía. Había una actividad extraña y sorda en los comercios semiabiertos. Y las luces de las casas estaban encendidas.

Patrullas policiales recorrían apresuradas las calles cubiertas de barro. Y el Banco había reforzado su guardia emponchada.                                                                Usted tomó las riendas y volviendo el rostro hacia mí, reflexionó:

 

- Esto no es para usted. Vamos a tener un viaje largo y peligroso.

Recuerdo que en un impulso de solidaridad y confianza, puse la mano sobre el poncho mojado de don Fausto, a la altura del hombro, y afirmé:                                  – Con usted, adelante por ese camino…

Arrancó el carruaje, tomó la avenida Ituzaingó, se detuvo un instante en el resguardo y nos internamos en la oscuridad.                                                                   El viento sacudía los hules del coche y el agua nos castigaba de costado.

- Hasta la vuelta del Palmar, vamos bien. Después, tendremos el agua de frente – dijo don Fausto.                                                                                                      Hablábamos poco, porque todo era concentración silenciosa, atención aguda, vigilancia tenaz en este duro criollo de setenta años, que se había lanzado al camino para someterlo, de nuevo, a su destreza valerosa, bajo el desatado vendaval.

En realidad, la ruta fangosa, envuelta en las tinieblas, se desarrollaba ahora sólo en la claridad de la memoria de don Fausto; detrás de la retina, sumergida en la sombra, el camino se empinaba en el recuerdo y la experiencia con sus zanjas profundas y sus tembladerales; y la mano, asida a la rienda, obedecía estrictamente, con acierto fiel, al impulso interior.

- ¿Por dónde vamos, don Fausto?_ pregunté.

- Por los campos de Antolino Sena. Aquí mudaba caballada mi colega Luis Cugnetti, y allá, en el fondo, a la izquierda, están los palmares de butiá.              Saltó a mi memoria la figura de Luis Cugnetti. Era poco gaucho. No mateaba durante la travesía; su prenda de abrigo era un sobretodo oscuro y raleado.                                                                                                                                        Tenía una caballada flaca y acobardada. En esta posta, permanecíamos hora y media larga, porque los caballos mañeros corrían hacia el fondo del campo cuando veían detenerse el carruaje y costaba arrearlos hasta el alambrado del camino.                                                                                                               Pero frente a nosotros, el palmar extendía su verde fresco hasta las faldas del cerro de Navarro. Y su contemplación acortaba la monotonía de la faena.                                                                                                                                           En larga perspectiva, el monte de palmeras butiá de Castillos conservaba una especie de inmovilidad desdeñosa, era tranquilo como el sueño y sereno como el valor. Ponía entre el cielo y la tierra  una mancha verde y húmeda, distinta a la mancha oscura de nuestros montes criollos de arrayanes, coronillas y canelones; y su gracia, en la amplitud del paisaje, disonaba un poco con la dureza del cerro Lechiguana, pelado y como de piedra, y con la masa arbórea del cerro de Navarro. Subía el palmar por las cuchillas con una indolencia imperturbable y levantaba al cielo esos penachos airosos y arrogantes, henchidos de estimación propia, que la brisa apartaba en flecos relucientes al sol.                                                                                                               Yo pensaba entonces que el corazón del palmar, entre los troncos cilíndricos y anillados, bajo las cabelleras rumorosas y sobre la gramilla dócil, correrían ágiles los efebos y las ninfas, porque se me ocurría que este monte grácil era más accesible al trato de las deidades fabulosas de las selvas que a nuestra fauna indígena.

Pero esta sugerencia era fruto de un simple juego de la fantasía, porque  en el seno del palmar sólo moran tropillas de cerdos baguales, de pelamen grueso y cuerpo grosero, cuyos hocicos buscan, al pie de los troncos rectos, el dorado butiá silvestre, de carne amarilla, fibrosa y agridulce.                                              Mientras el carruaje de Plada avanzaba a barquinazos, el denso cortinal de la lluvia y las tinieblas ocultaban los palmares de Castillos. Pero su imagen venció aquella noche la hostilidad del tiempo y se incorporó dentro de nosotros, por intuición, claramente, como si penetrara al alma por nuestra propia retina.

Pregunté nuevamente:

- ¿Por dónde vamos, don Francisco?

- Estamos cerca de la vuelta del Palmar. Tome un trago, porque ahora el agua nos va a castigar de frente.

El coche se detuvo. Plada abandonó el pescante y se acomodó sobre la tabla, muy cerca del anca de los caballos.

Los hilos helados de la lluvia nos golpeaban en el rostro y resbalaban por las mejillas hacía el cuello.

La caballada empezó a desorientarse e intentó tirar para los costados, dando el anca al aguacero. Pero en la tabla, vigilaba Fausto Plada. Sus manos sarmentosas estaban fuertemente asidas a las riendas, y la caballada acabó por someterse a su voz mandona.

Recuerdo que yo estaba acurrucado en un ángulo del pescante, junto al precario abrigo del hule, envuelto en el poncho y tiritando de frío. Frente a los setenta años de Fausto, sentí el deseo de proclamar honradamente la derrota de mi juventud y de confesar sin rebozo que tenía razón el viejo criollo cuando me dijo, al salir de Castillos, que estas andanzas no eran ciertamente para mí.

Al amanecer, mudose de caballada frente a los campos de Joaquín Servetto. El carruaje entró luego en la zona de las arenas, enfiló la Angostura, la traspuso, y empezó a deslizarse sobre el barro de aquel llano terrible que se extiende después del almacén del Porvenir.                                                                              Sobre el piso de la caja, el coche cargaba cuatro dedos de agua.

- Vamos a probar los frenos – observó Plada.

Afirmose en la tabla, echó el busto hacia atrás, y las riendas tirantes mantuvieron en equilibrio a los mancarrones, cuyos cascos resbalaban y se hundían en el cieno líquido.

Cuando llegamos al llano, Fausto dijo:

- ¡Lindo barro para las golondrinas!

Sin penetrar el alcance de la observación, miré hacia el espacio.

Fausto advirtió la errada y agregó chuscamente:

- Golondrina les llamo a los automóviles, porque emigran también de estos caminos en invierno.                                                                                                          Comprendí entonces el resquemor mordaz del viejo gaucho para esas máquinas que en verano devoran las distancias, envueltas en el polvo del camino dócil.

 

El coche se detuvo a medio día frente a la portera de la Fortaleza.

Los campos de Santa Teresa estaban vacíos, desierto el camino, sin pájaros el aire plomizo.                                                                                                                   Salté a tierra.

- Don Fausto: siento dejarlo – dije.

- Fue usted un buen compañero de viaje – contestó, estrechándome la mano.                                                                                                                                                   Don Fausto se alejó calculando que llegaría al Chuy a las cinco de la tarde, después de cambiar caballos en Buena Vista.                                                                  Los miré perderse en la inmensa faja de la Llanada, cubierta de agua, y recuerdo que sentí como una especie de exaltación ante el prodigio de este criollo, cargado en años, que habría de llegar al Chuy después de quince horas de lucha encarnizada contra las resistencias sordas del camino, sin pasajeros, solo y firme en su puesto de correísta.

Rocha ha sido pródiga en esta estirpe de mayorales dominadores de caminos.

Hace treinta y cinco años, las diligencias manejadas por Octavio Cola, Manuel Mazzul, Avelino Barrios, Anastasio Pereira, Leonidas Sánchez y Juan de la Cruz Reyes, salían de la capital rochense  con destino a la estación La Sierra, a la sazón punto terminal del ferrocarril.                                                                   Eran aquellas antiguas diligencias de caja grande con dos bancos largos sin respaldo, ventanas con pequeños postigos de madera que se corrían hacia abajo y la baca de piso de zinc con alta baranda.

Salían de Rocha a las dos de la madrugada. Llevaban doce personas adentro, tres en el pescante, y el mayoral y un peón en la tabla. En la baca se cargaba hasta cuatrocientos kilos de equipaje. Y adelante iba el moreno cuarteador.                                                                                                                                     Arrastradas por ocho caballos, cuyos cuatro delanteros, sin rienda que los gobernara, iban acorralados por el freno a la cuarta, llegaban las diligencias, en tiempo ordinario, en veinte y cuatro horas a San Carlos; empleaban otro día en arribar a Pan de Azúcar, y medio día más en cruzar el camino a La Sierra.

Pero durante el invierno, en la estación de las grandes lluvias, las diligencias demoraban hasta once días en llegar al término de la jornada, porque no daba paso el cauce de los arroyos Sauce, Garzón, José Ignacio, San Carlos y Pan de Azúcar.

A veces, si el “nado era corto”, dos cuarteadores vadeaban el arroyo; y cuando las cabalgaduras lograban afirmarse en el suelo duro, cerca de la otra orilla, tiraban de las cuartas largas sujetas a la punta de la lanza de la diligencia; y allá iba el vehículo con pasaje y carga al cauce del arroyo y salía a la margen opuesta con arrastres de barro y yuyos en el piso.

Pero si el “nado era largo” la maniobra se volvía lenta y trabajosa.

Echábase la caballada al agua, arriándola para la otra orilla. El pasaje, los arreos y la carga embarcábase en un bote, sobre cuya popa se iban desenvolviendo dos maromas de alambre sujetas a la punta de la lanza. Después de la margen opuesta, los caballos tiraban de las dos maromas; y allá se despeñaba la diligencia vacía y cruzaba el cauce correntoso con el agua hasta el techo.

El arroyo José Ignacio oponía el mayor obstáculo en estas jornadas invernales. Su monte tupido era como un reparo que contenía el desagüe natural. Y fuerza era detenerse hasta dos días cerca de sus márgenes esperando que diera paso la creciente.

Pero cuando el ferrocarril llegó a San Carlos, los mayorales cambiaron sus viejas diligencias por el carruaje para el pasajero y el carrito para la carga. Dejó de sonar en los caminos silenciosos el tintineo del cencerro colgado a la cuarta, muy cerca del hocico de los caballos delanteros. Se perdió por esos pagos el moreno cuarteador que penetraba las tinieblas con su pupila zahorí. La baca cargada, envuelta en lonas, dejó de asomarse en las quebradas de Garzón. Y Octavio Cola se radicó en Rocha. Y Manuel Mazzul emprendió los viajes a Santa Victoria del Palmar. Y Juan de la Cruz Reyes…

Este carruaje del viejo mayoral, que vi alejarse despacio por la llanada, será también barrido por la civilización. Sobre la carretera a construirse, correrán veloces las “golondrinas” que en las épocas de las grandes lluvias quedan arrinconadas, por inútiles, en los galpones de Castillos. Resoplarán los motores en las cuestas donde todavía vibran las voces alentadoras de Fausto Plada.                                                                                                                                                Pero Fausto Plada quedará prendido en la memoria, como el compendio de un gremio en cuyo ejercicio duro brillaron siempre el valor, la prudencia y la honradez.

 

 

 

 

 

 

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