A la memoria de mi madre, María Basilia Contrera, (Lascano, 1926-Montevideo, 1974)

SUMARIO: 1. Algunas consideraciones necesarias – 2. Antecedentes políticos – 3. Las rutas de la invasión – 4. Los ejércitos enfrentados – 5. Guerra y sociedad en la frontera – 6. Antecedentes militares – 7. Desplazamientos iniciales – 8. Combates de caballería – 9. Los cazadores al ataque – 10. Derrota, huida y recomposición – 11. Hombres y perspectivas en la batalla – 12. Análisis militar – 13. El después de la batalla

 

1. Algunas consideraciones necesarias

Aún para los individuos cuya vida cotidiana abundaba en privaciones y sacrificios a principios del siglo XIX, la guerra era una situación límite. La peor en la que se podían encontrar. Es por eso que nos parece conveniente reflexionar sobre la realidad de la guerra. Las cifras de muertos y heridos difícilmente transmiten la imagen de un campo de batalla, con la locura del combate y el después, con los cadáveres mutilados o desfigurados. La mayoría de los caídos en combate asumen posiciones extrañas, aquellas en las que los sorprendió la muerte. Si no están destrozadas sus facciones, boquiabiertos muestran el pánico o la sorpresa. Rígidos y lívidos, aislados o apiñados es la guerra en su expresión más cruda. La guerra implica para el combatiente marchas por lugares hostiles, alimentarse salteado, dormir mal. El combate en sí es el  momento decisivo. Todo lo que sucede antes, tiene como objetivo llegar a esas instancias con las mejores posibilidades de éxito. Le va la vida al combatiente en eso. El combate es un momento de terror y violencia difícil de describir en que la crueldad es omnipresente. La tensión previa al combate y el agotamiento posterior muchas veces se aliviaban con el consumo de alcohol, lo cual acarreaba previsibles problemas disciplinarios. Es un momento único en que sobrevivir va a depender de coraje y fortuna. El terror y el miedo a ser matado a su vez pueden llevar a ejercer violencia indiscriminada. Surge difícil de contener el deseo de perseguir y ultimar uno a uno a los fugitivos hiriendo esas espaldas que sin rostro son fácil presa de mosquetes o sables. No importa si quedan heridos o si se quieren rendir. Por último, hay algo omnipresente para los que lo vivieron; tan natural que a veces cuesta recordarlo: la suciedad, el hedor de los cadáveres, la repugnancia a tocar cuerpos hinchados tras días de exposición, hasta que se consigue sentir indiferencia.

2. Antecedentes políticos

Desde 1808 la invasión francesa a España generó sucesos políticos que conmovieron al Río de la Plata, dieron lugar en 1811 a los primeros combates  entre los partidarios de la Junta de Buenos Aires y los de la Regencia en Montevideo. Caída la plaza y apostadero, los enfrentamientos continuaron ahora entre bonaerenses y los seguidores  de José Artigas.

A principios de 1815 la banda oriental del río Uruguay estaba en efervescencia política revolucionaria. La monarquía portuguesa se sintió amenazada por lo que decidió invadirla. De esta forma neutralizaba unos vecinos molestos y al mismo tiempo ocupaba un territorio largamente anhelado.

Buenos Aires ante esta realidad mantuvo una actitud dubitativa, comprensible para sus intereses ante los hechos. ¿Se debía auxiliar al jefe anarquista de la Banda Oriental en beneficio de la seguridad e integridad de todo el Virreinato? o ¿se aceptaría que los portugueses lo derrotaran e hiciesen así un favor a las propuestas de gobiernos dirigidos por las elites comerciales y ganaderas que querían el modelo europeo de estado central?

Fue una guerra que oponía modelos políticos. Por tierra, ríos y mares, los seguidores de Artigas, republicanos y federales, combatieron contra Buenos Aires y Portugal, unitarios e imperiales. En forma paralela,  se formaba el Ejército de los Andes para liberar Chile. En la Banda Oriental, tras muchos años de guerra la economía estaba arruinada y la población desencantada de los movimientos políticos. En Montevideo había disconformidad entre los vecinos más pudientes, algunos de cuyos esclavos habían sido movilizados para el Batallón de Libertos. Las movilizaciones de milicias y tropas por todo el territorio sumaban inseguridad a los vecinos que se sentían desprotegidos ante las gavillas de desertores y delincuentes que merodeaban en las áreas rurales.

3. Las rutas de invasión

Desde el sur del Brasil hacia la Banda Oriental había tres puntos de paso obligado. Al norte, era por la sierra del Tape, una continuación de la Cuchilla Grande. Constituía el camino a los siete pueblos de las misiones orientales. Más al sur existía otro punto a la altura del nacimiento del río Negro. Finalmente, un tercero, al sur, atravesaba un sistema de pantanos y barras de arena costera. Era el camino conocido al principio como Castillos Grandes y más tarde como La Angostura, sobre el océano Atlántico. El informe de fines del siglo XVIII, de Joaquín del Pino, revela la importancia del lugar: “Llaman a este sitio la Angostura, tal vez por ser un paso estrecho, preciso para venir del Río Grande a Maldonado y Montevideo, y para ir de estas allá; por cuya circunstancia se contempló muy útil su conservación”.1 Por lo expuesto por del Pino es evidente la importancia estratégica del lugar. Quien dominase la Angostura poseía el mejor camino a Río Grande y la Banda Oriental.

4. Los ejércitos enfrentados

El ejército artiguista tenía pocas unidades que podían llamarse tropas de línea o veteranas. Entre estos se hallaban: los Blandengues Orientales, los Dragones Libertadores, los batallones de infantería de Cívicos y Libertos.2

Otras estaban en ese proceso como la 2ª. División de Infantería Oriental, de entidad de un batallón. El servir en las unidades de infantería, era poco apreciado por los criollos quienes preferían las unidades de caballería. Los infantes se desplazaban en distancias largas en general montados. La artillería tenía pequeños núcleos de soldados rudimentariamente entrenados aptos para manejar las piezas. Las fuerzas artiguistas se complementaban con las milicias que eran convocadas y reclutadas con un criterio que respetaba los departamentos en que se había dividido el territorio. Así, a principios de 1816 se preveía formar regimientos de milicias en Cerro Largo, Maldonado, Canelones, San José, Colonia y Soriano. Se subdividían en escuadrones y compañías.3

La marina artiguista en los ríos Uruguay y Paraná se reducía a balandras y lanchones al mando de aventureros, la mayoría británicos. En el océano Atlántico llevaba adelante una campaña de corso con corsarios de origen norteamericano.

El ejército portugués era una fuerza profesional que venía de derrotar a Napoleón Bonaparte. La División de Voluntarios Reales era una unidad de elite. Formada a instancias del teniente general  William Carr Beresford, comandante en jefe del Ejército de Portugal,  para su expedición a la Provincia Oriental. Había reclutado su personal en los Batallones de Cazadores veteranos de la guerra contra Bonaparte. Los cazadores eran una unidad especializada en el tiro de precisión, en el combate en orden abierto y guerrilla. Constituía un pequeño ejército de casi cuatro mil hombres, dos regimientos de infantería a diez compañías, dos batallones de cazadores a seis, un regimiento de caballería a doce compañías, una batería de obuses con cuatro piezas de 5 y media pulgadas y otra de ocho cañones de 6 libras,  banda de músicos y hospital de campaña. Esta fuerza se complementaba con unidades de línea y milicianas ya existentes en el Brasil. Se destacaba el componente de caballería de Río Grande que por sus características eran similar a las milicias orientales. En conjunto era una fuerza mucho más equilibrada que la artiguista, por la suma de sus diversos componentes. Finalmente, la marina portuguesa tenía la superioridad en el mar para hacer desembarcos en todo el litoral y podía intentar enfrentar a los corsarios escoltando a los buques mercantes.

5. Guerra y sociedad en la frontera

La ribera norte del Río de la Plata constituía la extensión geográfica natural del Imperio Portugués en América del Sur. Las disputas por el territorio entre españoles y lusitanos se sucedieron desde la fundación de Colonia del Sacramento en 1680.

La ubicación geopolítica había convertido al territorio en frecuente campo de batalla de diversos intereses, por lo que la guerra era una posibilidad real para sus pobladores. En las guerras entre países raramente los combatientes cambien de bando. En las guerras civiles a la inversa, es un hecho relativamente común. A la tensión propia del combate o su inminencia se suman las vicisitudes de optar por un bando u otro, en lo cual inciden motivaciones ideológicas, sociales, económicas, familiares. Incluso las circunstancias y el azar también pesan en esos momentos cruciales. En las cambiantes fronteras del este y del norte las identificaciones políticas se confundían con el lugar de origen, las lealtades y amistades personales y los vínculos familiares. No es de extrañar que algunos protagonistas de relieve y otros —la mayoría— anónimos siguiesen un derrotero personal sinuoso, desde nuestra perspectiva, pero comprensible en los cambiantes años de la revolución iberoamericana.4

6. Antecedentes militares

En agosto de 1816 un ejército a las órdenes del Teniente General Carlos Federico Lecor se dirigió hacia el sur de la Banda Oriental. Lo hacía en combinación con otras dos fuerzas, una por la zona de Cerro Largo a cargo del Brigadier Bernardo Da Silveira Pinto y otra más al norte, responsabilidad del Marqués de Alegrete.

Único daguerrotipo conocido del Gral Rivera.

Único daguerrotipo conocido del Gral Rivera.

La vanguardia del ejército portugués de Lecor estaba encomendada al Mariscal de Campo Sebastián Pinto de Araújo Correia. Estaba formado por cuatro compañías de granaderos y dos de cazadores. Se le agregaban dos escuadrones de caballería, todos de la División de Voluntarios Reales. Se le sumaba un escuadrón de caballería de la Legión de San Pablo y otro de las Milicias de Río Grande apoyados por un obús de 5 y media pulgadas. En total unos setecientos cincuenta hombres. El 31 de agosto emitió una proclama en que se dirigió a los habitantes de la Banda Oriental del Río de la Plata, en portugués y español que exhortaba a no resistirse y a recibir al ejército que traía la paz y libertaba a los oprimidos por los artiguistas. 5

Uno de sus primeros objetivos fue la ocupación de la fortaleza de Santa Teresa.  El 24 de setiembre derrotaron a las avanzadas orientales en el paso de Chafalote. Fueron reforzados por dos compañías más de cazadores del 2° Batallón de la fuerza del Brigadier Pizarro. Su desplazamiento era observado por las fuerzas del Coronel  Fructuoso Rivera, compuestas por unos mil trescientos hombres de caballería e infantería de milicias que apoyaban a doscientos infantes y un cañón de cuatro pulgadas.6 Las fuerzas artiguistas con milicias de Montevideo, Maldonado, San José y Colonia estaban adiestrándose en un campamento en el arroyo del Alférez, a una veintena de quilómetros de donde iba a darse la  batalla.

Retrato de Carlos Federico Lecor, Barón de la Laguna

Retrato de Carlos Federico Lecor, Barón de la Laguna

7. Desplazamientos iniciales

Plano de la Batalla de India Muerta y posiciones de las tropas en combate

Plano de la Batalla de India Muerta y posiciones de las tropas en combate

Al inicio del martes 19 de noviembre de 1816 las fuerzas portuguesas cruzan el arroyo de India Muerta en busca de las tropas artiguistas. En total suman unos 950 hombres entre oficiales y tropa.  A la distancia avistan los exploradores artiguistas que van observando su marcha desde el establecimiento de Velha  Velázquez. Intercambian con ellos disparos mientras avanzan y al mismo tiempo tratan de ocultar su fuerza de infantería. Los orientales retroceden en la medida que logran retrasar el avance portugués para posibilitar la aproximación del grueso de las fuerzas al mando de Rivera. La columna portuguesa alcanza la posición de la casa de Velázquez y sigue su marcha a unos cinco kilómetros y alcanzan el puesto de Manuel Patricio en el paso del Arroyo de Sarandí de la Paloma a las once de la mañana, a un cuarto de legua – 1250 metros aproximadamente –  del paso de la Coronilla del India Muerta.  En ese momento el comandante portugués ordena detener la marcha y carnear para el almuerzo de la fuerza.

Es en esa circunstancia en que aparecen, media hora después y  por sorpresa y a su retaguardia en las cúspides de las  modestas elevaciones de la cuchilla de Espalato unos ciento cincuenta metros,  por detrás de la casa de Velázquez las fuerzas orientales.

Estas se extienden en una línea, de unos mil doscientos metros con cuatro divisiones de la infantería montada en el centro, algo menos de 1.000 hombres;  y en las alas en posición de martillo, la caballería en otras dos divisiones, cada una en unos cuatrocientos metros, de unos 200 hombres cada una. Los infantes estaban armados con mosquete y bayoneta, los de caballería con sables y tercerolas. En el centro de la infantería a su vez se despliega una pieza de 4 pulgadas cubierta por la 3ª Compañía de Libertos del capitán Pedro Lenguas. Esa media luna se encuentra a un cuarto de legua de la fuerza portuguesa.

Ante la nueva situación, Pinto con temor de un ataque de caballería o que se hiciese un movimiento de pinzas hacia su retaguardia,  ordena al Mayor Mac Gregor cubrir con un destacamento de cazadores el paso del puesto de Manuel Patricio y se comienza a desplegar en batalla, como es tradicional en la época, de derecha a izquierda los diferentes destacamentos. El resto cruza nuevamente el paso.  Mientras todo esto sucede las fuerzas orientales observan expectantes los desplazamientos de los portugueses.

Viendo Pinto que los artiguistas le permiten todos los desplazamientos sin atacarlo, decide tomar la iniciativa. Ordena avanzar a la infantería y a la pieza de artillería. Pese a que se empantana el tren de artillería en una cañada y necesita que toda una sección de infantería tire del obús, las tropas se siguen desplegando. Ya en posición, el obús a cargo del teniente Gabriel Franco de Castro hace fuego y obliga a extenderse aún más a la caballería artiguista del ala izquierda.

Finalmente, en una primera línea se despliegan tres compañías de cazadores en formación de tiradores, a órdenes del mayor Jerónimo Pereira de Vasconcellos. Más atrás cuatro compañías de granaderos, al cargo del teniente coronel Antonio Claudino Pimentel.

Tte. Cnel. Claudino Pimentel

Tte. Cnel. Claudino Pimentel

8. Combates de caballería

Realizado este despliegue los infantes portugueses se tienden en el campo, esperando la evolución de sus camaradas de caballería. En efecto, el primer escuadrón de caballería de los Voluntarios Reales, comienza a marchar al trote cargando con el sable desenvainado en cuatro líneas con unos veinticinco hombres de frente. Se dirige a la extrema izquierda de la caballería artiguista con el propósito de rodearla.

El obús de Pinto continúa haciendo fuego incomodando a la línea de infantería y caballería oriental.

Las milicias de caballería artiguistas a cargo del comandante Venancio Gutiérrez, sin órdenes superiores, esperaban sin moverse. Las órdenes no llegaron y las milicias intentaron abrir fuego contra los portugueses pero se desbandaron y comenzaron a retroceder. Su ejemplo pone nerviosa al resto de la línea oriental. Finalmente aparece un pequeño escuadrón a las órdenes del mismo Fructuoso Rivera. Lleva adelante un contraataque que tras matar al comandante de escuadrón logra hacer retroceder primero y desbandar después a la fuerza portuguesa que es perseguida unos cientos de metros. Finalmente, el segundo escuadrón de los Voluntarios Reales apoya a sus camaradas en retirada y obliga a su vez a replegarse a Rivera.

Paralelamente la división de caballería artiguista de su ala derecha, a las órdenes de Mansilla,  inicia un ataque  en el que intenta rodear el dispositivo portugués y atacar a la compañía de cazadores de Mac Gregor. La fuerza de Mansilla, inicialmente exitosa,  es rechazada por la combinación de la caballería portuguesa del ala izquierda y el avance de los cazadores.

 

Cazador de infantería portuguesa (1816)

Cazador de infantería portuguesa (1816)

9. Los cazadores al ataque

Viendo la situación aún no definida de la batalla, los cazadores inician un avance  para apoyar a sus alas de caballería. Paralelamente la artillería continúa con su apoyo de fuego. En la vanguardia  avanzan secciones de cazadores con rifles Baker con alcance efectivo de más de 200 metros.7 Hacen fuego sobre las milicias que ya estaban retrocediendo y se desbandan cuando empiezan a sufrir bajas a una distancia no esperada. En la casa de Velha Velázquez los restos de la infantería artiguista y la Compañía de Libertos intentan y logran cubrir la retirada de sus camaradas.

Los cazadores continúan su avance hacia las alturas de la casa de Velázquez. Solo la falta de experiencia de las milicias les impidió contraatacar y aprovechar que la infantería portuguesa estaba dispersa en el terreno.

 

10. Derrota, huida y recomposición

El avance portugués es ya general. Las tropas artiguistas, algunos a pie, otros a caballo, huyen al paso de India Muerta del otro lado ya de la altura de la casa de Velázquez. Las primeras que retroceden son las de Gutiérrez y las de Mansilla las últimas. El pequeño cañón que los artiguistas habían podido retirar a la posición es capturado junto con  unos cuantos libertos y milicianos. Se toman también dos tambores y unos 250 caballos. Algunos destacamentos orientales retroceden al noreste  y tratan de cubrir la retirada de sus camaradas a unos centenares de metros en unas alturas que facilitan la defensa. No resisten mucho y se dispersan también. Varias divisiones de milicias, como la de la región de Víboras, de Colonia,  no se reagruparon y se dirigieron directamente a su departamento. 8 Son las cuatro de la tarde. Las fuerzas portuguesas comienzan a enterrar sus muertos y recoger sus heridos.

Al Mariscal Sebastián Pinto le corresponde hacer las cuentas del “carnicero” de sus tropas. Unos treinta muertos y cincuenta heridos. Estima – al igual que el resto de los comandantes portugueses – haber infligido a los artiguistas unos doscientos muertos, trescientos cincuenta heridos y treinta prisioneros. Por nuestra parte creemos que sobreestiman las bajas ocasionadas al enemigo, como sucede con todos los comandantes en batalla. Personalmente estimo que los muertos fueron menos de cien y los heridos otro tanto.

11. Hombres y perspectivas en la batalla

El martes 19 de noviembre de 1816 fue un día caluroso entre arroyos y tierras anegadas que dificultaban la marcha, particularmente a la infantería.

El terreno en que se libró la batalla de India Muerta se extiende en forma de un rectángulo de unos 6 kilómetros de este a oeste, por 4 kilómetros de frente de norte a sur. Se corresponde a un doble compartimento limitado al este por la cuchilla de la Tuna, al oeste por las sierras de India Muerta. Al norte por una línea de pequeñas alturas donde está la casa de Velha Velázquez y al sur por la cuchilla de Píriz. El campo de batalla a su vez está dividido por la cuchilla de Espalato, que forma dos valles. Uno con el arroyo de India Muerta al este y al oeste el arroyo de Sarandí de la Paloma. Ambos cauces son poco caudalosos y entre sus orillas hay distancias de unos diez metros en buena parte de su recorrido. El valle hacia Sarandí de la Paloma es mayor que el valle hacia India Muerta y es en el primero donde se va a desarrollar la batalla.

Los hombres que iban a combatir vivieron la ansiedad del combate inminente. Los artiguistas que se desplazaban tratando de posesionarse a la retaguardia portuguesa sintieron la incertidumbre de la batalla que Rivera estaba buscando. Los portugueses tras una larga marcha desde Santa Catarina sentían que el momento para el cual habían venido desde Europa estaba próximo. La tensión del combate inminente hizo que todos trataran de concentrarse. La extensa media luna que en las sierras formaban las abigarradas tropas artiguistas en las que predominaba el azul, a lo lejos todas montadas, llevó a que muchos previeran una multitudinaria carga  de caballería. Los orientales a su vez contemplaban cerca del paso el  desplazamiento ordenado de las tropas portuguesas en que distinguían a la infantería con chaquetas castañas. Algunos aprovecharon para beber licor o aguardiente.

Por unos momentos ambas fuerzas se observaban expectantes en el despliegue de las líneas de hombres tensos y sudorosos que esperan el combate inminente. Aquí y allá se escuchan exclamaciones y órdenes. Son los momentos previos a que los soldados se ven inmersos en el caos de la batalla.

El retumbar del cañón artiguista y la réplica del obús portugués fueron la señal inequívoca de que las escaramuzas de las guerrillas habían dejado paso a la batalla. Cada tanto el estampido de las piezas de artillería – con un silbido y un chillido característico al atravesar el aire las balas –  se imponía sobre los fusiles, carabinas y tercerolas, que con un ruido más apagado se escuchaban en el campo.9 Sobre éste se extendían pequeñas nubes blancas producto de la pólvora negra. La gritería de los hombres en la batalla era escuchada  por todos, en el que se mezclaban las órdenes, los vivas y los gemidos de los heridos y moribundos.

Los recuerdos de los contemporáneos que vivieron esa batalla nos traen fragmentos de lo que sucedió. Los comandantes, naturalmente,  fueron observados por sus subalternos.

General Sebastião Barreto

General Sebastião Barreto

El teniente João Da Cunha Lobo Barreto registró el nerviosismo de sus camaradas y la sorprendente actitud de Sebastián Pinto, quién cubierto por un grueso capote que ocultaba su lujoso uniforme de mariscal, fue a refugiarse en el cuadrado formado por sus infantes. Luego lo vio cuando los artiguistas huían  y se desembarazaba de la pesada y calurosa prenda para ahora sí, luciendo sus charreteras doradas y condecoraciones marchar al frente de sus granaderos.

Otro oficial subalterno, el oriental y también teniente Ramón de Cáceres se refiere a la actitud de Rivera: “…Don Frutos atribuía a cobardía (la retirada); un acto que no sino la precisa consecuencia de su impericia (como militar). Es preciso (confesar) que Don Frutos se portó como un valiente, el solo hizo volver caras al escuadrón que nos había flanqueado por la izquierda (…) Los Talaveras, ó soldados de Caballería de la División de Voluntarios Reales, acababan de venir de Europa, y no eran tan jinetes como se hicieron después (…) lo cierto es que algunos de ellos, venían atados a la silla (…) estos hombres cuando nos flanquearon, no se separaban de su formación en columna para perseguirnos individualmente (…) en esos momentos se aparece Don Frutos, que venía como de retaguardia del enemigo, seguido de tres ó cuatro hombres, venía en caballo tordillo, y sin sombrero no traía más arma que una hoja de espada enastada en una caña tacuara en figura de lanza; pasó él por el costado izquierdo de la columnita portuguesa y al llegar a la cabeza, atropelló a un hombre que venía adelante que sin duda era oficial, éste al sentir el tropel miró a la izquierda, y Don Frutos después de tenderse casi hasta tocar con la espalda el anca de su caballo, enderezó el cuerpo, y con la lanza en las dos manos, le pegó tan terrible lanzada al portugués, que le sacó toda la espada por el costado derecho quebrando el asta que llevó consigo; el herido hizo el ademán de sacarse la espada y cayó muerto, este suceso hizo contramarchar la columnita y entonces volvieron algunos cuantos de los nuestros, y acuchillaron á los de retaguardia como tres o cuatro cuadras, dejando en ese terreno como 12 o 15 muertos; entonces salió la reserva del enemigo, y nuestra dispersión ya fue completa”.10

Lobo Barreto, que seguramente estaba desplazándose con los granaderos  observa – como lo hicieron todos – el único obús empantanado en su desplazamiento buscando posición. También contempla a la sección de infantes que suma esfuerzos para quitarle de su incómoda posición y poder arrastrarlo a su posición tiro.

A la izquierda el combate de caballería entre la columna de Mansilla y de  Manuel Marques de Souza se había convertido en un enfrentamiento que involucró incluso a Marques y su escolta con un oficial artiguista y dos de sus soldados en un combate cara a cara a lanza y sablazos.

A la distancia Barreto observa un soldado que con su corneta  parecía haber iniciado por su cuenta el ataque de los infantes. Al principio fue un avance lento, sincronizado. Al rato, tras diezmar las primeras líneas de los milicianos orientales, enjambres de casacas castañas corrían colinas arriba solo deteniéndose para recargar  y disparar sobre los artiguistas. Eran los tiradores, haciendo puntería sobre los remisos, los oficiales y aquellos que parecían hacerle frente. Ajenos al peligro de un contraataque de caballería que los hubiera masacrado. El temor a ser herido o muerto se evapora cuando se ve a los enemigos huyendo. La adrenalina estimula la persecución y muchos perciben una ‘neblina roja’ en el campo de batalla.11 Sobrepasan en su marcha los heridos y muertos artiguistas. Los primeros conscientes o no, los segundos en las extrañas posiciones en que les llegó la muerte. Dispersas en el campo, prendas, armas y cartucheras abandonadas.

En un momento el empuje de los cazadores empieza a desintegrar a los orientales. La sensación de estar siendo derrotados genera un miedo casi incontrolable, La derrota es algo que se percibe en el aire, en pocos momentos los hombres se empiezan a desbandar. Los soldados portugueses recorren el campo recogiendo sus heridos y algunos retirando de caídos, propios y enemigos, lo que pensaran les fuera de utilidad: monedas, ropa, calzado. A los muertos ya no les iba a servir para nada.

La guerra y sus secuelas conmovió a militares curtidos como el comandante portugués, Manuel Marques de Souza, quien vio al joven alférez de granaderos, Federico Ernesto Krusse, sobrino de Lecor, agonizando con parte de su masa encefálica fuera del cráneo.

Ingreso de las fuerzas portuguesas a Montevideo (1817)

Ingreso de las fuerzas portuguesas a Montevideo (1817)

12.  Análisis militar

Un análisis militar de la batalla de India Muerta debe tener como primera referencia la gran disparidad de adiestramiento y formación profesional de una y otra fuerza. Las fuerzas artiguistas tenían muy pocos mandos profesionales y sólo algunos de sus oficiales tenían experiencia bélica. Tenían las milicias poco más de un mes de entrenamiento en el paraje del arroyo Alférez. Esto limitaba las posibilidades de maniobra que podía tener su comandante, Fructuoso Rivera. Además, seguramente nunca había enfrentado tropas profesionales y desconocía el empleo de rifles con precisión y alcance para batir blancos a 250 metros. Sus decisiones tácticas fueron similares a las que habrían tomado otros oficiales de milicias como él.

El despliegue de la infantería artiguista en el centro y la caballería en alas y en martillo, como describieron los contemporáneos, era la táctica que era conocida como corralito. En los hechos era una extrapolación de las prácticas de los criollos cuando manejaban su rodeo.12 Era la tarea de los pastores de ganado en clave militar desde hacia miles de años. El Mariscal Pinto de Araújo no supo o no pudo prever la maniobra de Rivera. No fue acertado su comportamiento personal, sin embargo, pudo disponer las fuerzas de forma de enfrentar rápidamente a los artiguistas que lo superaban en número. Reaccionó rápidamente cuando vio dudar a sus enemigos. Sus oficiales entendieron enseguida lo que quería. A diferencia de los orientales, los comandantes portugueses,  contaban con años de experiencia en campañas militares. No faltaban los tenientes coroneles y mayores que asumían mando en posiciones claves – un ejemplo es Mac Gregor – o los que avanzaban, pese a no estar en las mejores condiciones como fuerza montada, como los oficiales de caballería de la División de Voluntarios. Finalmente digamos que los mandos portugueses contaron con la decisiva experiencia y fogueo de suboficiales y tropa veterana de la campaña contra Bonaparte.

13.  El después de la batalla

Luego del fin de la batalla por la huida de los artiguistas, ambos bandos se dedicaron a atender a sus heridos. El hospital de campaña de los orientales se trasladó como pudo a la villa de Minas. El relato del único cirujano artiguista, Francisco Martínez,  es explícito:

Desde las cinco de la tarde, hasta las once de la noche, estuve constantemente ocupado en curar innumerables heridos en medio de un peligro inminente, porque la dispersión era grande, y la mayor parte de los dispersos estaban ebrios; y el General Rivera se hallaba con la tropa distante de donde yo estaba con aquel numeroso y ambulante hospital”.13

Pinto ordenó a sus fuerzas concentrarse en el arroyo de India Muerta al tiempo que ordenaba que un destacamento de infantería se hiciese cargo de los muertos y los heridos. Enterrando a los primeros y trasladando los segundos como se podía a una casa de las cercanías. Aunque la División de Voluntarios Reales estaba bien provista – según los criterios de la época – en equipamiento y personal sanitario, éste no se encontraba en la fuerza de vanguardia de Pinto. No contaban por ejemplo con carretas que sirviesen de ambulancia y faltaban boticas sanitarias. Éstas últimas fueron solicitadas a las fuerzas de Pizarro. Ante la ausencia de transporte los heridos debieron ser cargados cada uno de ellos por cuatro de sus camaradas. Los soldados portugueses cansados y nerviosos tras la batalla se dirigieron en una larga y vulnerable columna de más de un kilómetro que viboreaba entre las sierras.

La victoria de India Muerta fue decisiva en el éxito de la campaña portuguesa de Lecor. Demostró en forma clara la superioridad de las tropas lusitanas ante sus enemigos, unos pocos regulares y una mayoría de vecinos armados en forma apresurada. De esta forma dejó expedito el camino a Montevideo. Pocos días después de  India Muerta las columnas portuguesas en combinación con su marina ocuparon la ciudad de Maldonado.

Las fuerzas artiguistas se recompusieron en parte y desde ese momento se dedicaron a hostigar a los portugueses teniendo en cuenta solo atacar con superioridad táctica y numérica suficiente para asegurar la victoria. Fue lo que sucedió, el 8 de diciembre, cuando el comandante Gutiérrez en el Sauce sorprende y derrota a una confiada columna portuguesa ocasionándole unos treinta muertos.

No lograron ya los orientales detener a Lecor y el 20 de enero de 1817 sus columnas entraron en Montevideo. Fue una larga y exigente marcha de cientos de kilómetros que puso a prueba la disciplina y adiestramiento de las fuerzas portuguesas. En Brasil el tránsito se realizó la mayoría de las veces en territorios prácticamente despoblados y se descansaba muchas veces a campo raso con un clima invernal. En el territorio oriental el pasaje de las tropas fue en un entorno similar, entre lagunas y ya con la tensión de estar en tierra enemiga. Fueron recibidos en Montevideo por aclamaciones de todos aquellos que sinceramente querían la paz a toda costa y los oportunistas que existen en todos los ámbitos. Menos de un mes después, pero a miles de kilómetros y tras la cordillera de Los Andes, el General José de San Martín, derrotaba el 12 de febrero en la batalla de Chacabuco al ejército realista y sus talaveras.

El mariscal Sebastián Pinto ascendió a teniente general en 1817 al tiempo que era nombrado gobernador de Montevideo. El 1º de noviembre de 1818 embarcó en la corbeta María Teresa con dos docenas de oficiales, rumbo a Brasil. La María Teresa nunca llegó a destino suponiéndose que naufragaron en alta mar, pereciendo todos los tripulantes y pasajeros.

Fructuoso Rivera en 1820, cuando se desintegraba el ejército artiguista, firmó un armisticio con los portugueses y se unió al proyecto que creó la Provincia Cisplatina unida al Imperio lusitano. Fue uno de sus más destacados jefes militares. Iniciados los sucesos de 1825 regresó a filas orientales, pero mantuvo las amistades que había forjado en su servicio militar con los lusobrasileños. Posteriormente, en 1830 fue el primer presidente del Estado Oriental. Pocos años después fue fundador del Partido Colorado. En 1845, era uno de los generales de la Defensa de Montevideo. En una rara coincidencia histórica fue nuevamente derrotado en India Muerta, en ese caso por los federales y blancos en la Guerra Grande (1839-1851).

La retaguardia es una faceta muchas veces olvidada de la batalla. La muerte de cada soldado solía dejar viudas, huérfanos y madres que perdían a sus hijos. Las mujeres vivían intensamente los dolores de la guerra y la incertidumbre sobre el destino de sus seres queridos en el frente de batalla. Los heridos e inválidos también significaban pesar para la familia y la sociedad que se prolongaría largo tiempo después de la guerra y de la batalla de India Muerta.

 

BIBLIOGRAFÍA

Libros

ACEVEDO, Eduardo: Manual de Historia Uruguaya, tomo 1, (Abarca los tiempos heroicos, desde la conquista del territorio por los españoles, hasta la cruzada de los Treinta y Tres Orientales), Imprenta del Siglo Ilustrado, Montevideo, 1916

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HILLMAN, James: Un terrible amor por la guerra, Madrid: Sexto Piso, 2010

KEEGAN, John: Historia de la Guerra, Turner Publicaciones, S. L. Madrid, 2014.

LUZURIAGA, Juan C., DÍAZ, Marcelo: Las batallas de Artigas. 1811-1820. Ediciones Cruz del Sur y Torre del Vigía Ediciones, Montevideo, 2011.

LUZURIAGA, Juan C.: Las campañas de Cevallos. Defensa del Atlántico Sur. 1762 – 1777. Serie Guerreros y Batallas. Almena Librería – Editorial. Madrid, 2008.

PARALLADA, Huáscar: Batalla de India Muerta en la Primera Patria. Talleres Gráficos Gadi, Florida, 1968.

 

Capítulos de libros

OSÓRIO, Helen: “La Capitanía de Río Grande en la época de la revolución artiguista: economía y sociedad”, en FREGA, Ana e ISLAS, Ariadna (Coords.): Nuevas miradas en torno al artiguismo, Montevideo, Universidad de la República, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2001,

Artículos de Revistas

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EN BUSCA DE LECOR. Blog creado por Jorge Guerreiro Quinta-Nova.

http://lecor.blogspot.com.uy/search/label/Volunt%C3%A1rios%20Reais

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1)   Reproducido de “Fortaleza Santa Teresa”, Estado Mayor del Ejército, Departamento de Estudios Históricos, Montevideo, 1976, pág.5.

2)   Ulysses del V. PRADA: “La profesionalización del Ejército: 1811-2011” en “El Soldado. Revista del Centro Militar-Edición Especial 200 Años del Ejército Nacional”, Año XXXVI – Nro. 180, Montevideo, Mayo 2011, p. 234.

3)   Ángel CORRALES ELHORDOY: “Las Milicias de la Patria Vieja. En especial las del departamento de Canelones (1816)” en “Armas y Letras. Revista de Historia y Cultura Militar”, Año I, Nro. 1, Montevideo, Febrero 2005, p. 15 y ss.

4)    El riograndense Pedro Viera, conocido como Perico el bailarín,  natural de Viamão, fue protagonista del grito de Asencio el 28 de febrero de 1811 que significó el alzamiento de la campaña de la Banda Oriental a favor de Buenos Aires. Se unió a los artiguistas, posteriormente los abandonó y se incorporó a los unitarios, y finalizó su carrera política en la revolución riograndense de 1835.  Francisco Bicudo y Manuel Pintos Carneiro fueron dos de los tantos portugueses y riograndenses que se sumaron a José Artigas. Cfr. Helen OSÓRIO (Departamento de Historia de la Universidad Federal de Río Grande do Sul): “La Capitanía de Río Grande en la época de la revolución artiguista: economía y sociedad”, en FREGA, Ana e ISLAS, Ariadna (Coords.): Nuevas miradas en torno al artiguismo, Montevideo, Universidad de la República, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2001, pp. 163 y ss.  Otro de los jefes artiguistas, Tomás García de Zúñiga fue coronel artiguista hasta que tomado prisionero y distanciado de José Artigas se unió a Lecor en 1818. En 1826 fue Presidente de la Cisplatina y en 1828 se retiró al Brasil junto con las tropas lusitanas. El comandante Pedro Fuentes, uno de los derrotados en India Muerta con su división de Víboras,  se unió posteriormente a los portugueses y continuó al servicio de Brasil. Lo mismo aconteció con el comandante Ángel Núñez de las milicias de Maldonado, capturado en la fortaleza de Santa Teresa. También hubo oficiales portugueses, como José Antonio Freire y José Augusto Possolo que se unieron a los orientales en las campañas de la Independencia de 1825, siguiendo a Fructuoso Rivera.

5)   Archivo Artigas, Tomo XXXI, pág. 49.

6)   En general siempre se sobreestima el número de los soldados enemigos mientras se es más preciso en el detalle de las fuerzas propias. Eduardo ACEVEDO: “Manual de Historia Uruguaya”, tomo 1, (Abarca los tiempos heroicos, desde la conquista del territorio por los españoles, hasta la cruzada de los Treinta y Tres Orientales), Imprenta del Siglo Ilustrado, Montevideo, 1916 señala que “Rivera solo tenía 1400 soldados, mal armados y peor municionados”, mientras que la vanguardia de Lecor estaba compuesta por “1.400 infantes, 500 hombres de caballería y una dotación de 4 piezas de artillería”.  pág. 315

7)   Los rifles Baker se habían empleado en las compañías de elite, una por batallón, de los cazadores portugueses en la campaña de la Península. Hay referencias indirectas al empleo de los Baker en los batallones de cazadores de la División de Voluntarios Reales. Son solicitudes de Lecor por  munición del calibre que empleaban estos rifles ingleses que no eran producidos en Portugal.

8) Un contemporáneo lo menciona, Cfr. Carlos ANAYA: “Apuntaciones Históricas sobre la Revolución Oriental 1811-1851”, Montevideo, Imprenta Nacional, 1954.

9)    El sonido de artillería y mosquetes es descripto por Roy ADKINS en: “Trafalgar, Biografía de una batalla”, Buenos Aires, Planeta, 2005 p. 121.

10)    “Escritos Históricos del Coronel Ramón de Cáceres”, publicados y anotados por Aurora C. de Castellanos, (Apartado de la “Revista Histórica” Tomo XXIX – Nro. 85-87), Montevideo 1959, págs. 70 y 71. El nombre proviene del Batallón Talavera de la Reina, que creado en Cádiz en 1813, recuerda con su nombre una victoria anglo-española contra Bonaparte de 1809. Ese batallón destinado a América, venció en Rancagua en 1814 a los revolucionarios. Desde este momento, su nombre quedo unido como denominación a las tropas veteranas europeas.

11)   Cf. James HILLMAN: “Un terrible amor por la guerra”, Madrid: Sexto Piso, 2010, pp. 95-99.

12)   Cfr. John KEEGAN “Historia de la Guerra”, Turner Publicaciones, S. L. Madrid, 2014, pág. 222 y ss.

13)    Boletín Histórico – Número extraordinario, Setiembre de 1950, pág. 210 y ss.

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