Posts con el Tag ‘Néstor Sabattino Dossi’


La cañonera “Gral Rivera” surta en el puerto de Montevideo

SUMARIO: 1. Una noche de carnaval – 2. El General Pacheco – 3. La política en Rocha – 4. Aquella noche – 5. El General se muere pero no descansa – 6. La cañonera “Rivera” – 7. A la espera de la nave – 8. La partida del General – 9. Un buen paisano.

 
1. Una noche de carnaval
Aquella nochecita cálida del miércoles 15 de febrero de 1899, Agustín de la Cruz Carduz, salió de la sede del Juzgado. Cerró la pesada puerta, sacó una larga llave con una cinta roja que llevaba en el bolsillo y le dio dos vueltas; levantó un grueso libro que había dejado momentáneamente en el suelo y sin muchas ganas ni convicción, avanzó perezosamente por la calle San Miguel.
Realmente hacia calor. Habían regado recién la calle, pero en vez de reparadora frescura, el resultado se parecía mas bien a un pegajoso vapor.
En la plaza, dos vendedores de papelitos y serpentinas ya estaban ubicados, y parecían esperar sin apuro a los clientes de esa noche. Sobre la callejuela, un carro con una armazón de ramas y juncos que pretendían adornarlo y un farol o dos colgados, que buscaban alumbrarlo. Dos muchachones con una lata con agua, se ocupaban de refrescar la cabeza de un resignado caballo con dos claveles rojos sobre sus orejeras.

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El Esc. Federico Ribas y su familia

1. Cronología histórica
 

El 25 de agosto de 1886 se inauguró el alumbrado público en la ciudad de Montevideo.

Tal acontecimiento, que desterraba para siempre los sistemas a kerosene y gas, produjo enorme impacto entre la población, como  es de suponerse, y arrancó expresiones de indisimulado frenesí entre los cronistas del momento:“Un ¡OH! de admiración, fuerte, prolongado, inmenso, escapó  al unísono de tantos millares de bocas, cuando desde la pirámide de hierro colocada en el centro de la Plaza, y que sostiene el gran foco de luz eléctrica, este lo iluminara todo con su plateada claridad.”

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farolero 1

Por Néstor Sabattino Dossi

SUMARIO: 1. Último día – 2. En principio fue la oscuridad – 3. A la búsqueda del farolero – 4. Un rosario de quejas – 5. El duro oficio de cobrar – 6. A modo de fin

1. Último día
Los gurises jugaban ruidosamente en el gran charco que se había formado en la esquina. Una esquina como cualquiera otra en el Barrio de las Ranas. Hacía dos días que llovía y recién antes del mediodía cesó el diluvio. Un diluvio de verano, luego del cual, el sol de diciembre llenaba la tarde de humedad y calor.
Posiblemente esa sensación pegajosa, había hecho que la siesta de Riera, se prolongara más de lo acostumbrado.
A esa altura de la tarde, despierto desde hacia rato, él y su catre eran una sola cosa. Había dormido mal, había tenido pesadillas, las moscas lo molestaron permanentemente, y aún así, le costaba despegar. Con un repentino impulso, se sentó en el catre, miró hacia afuera por una rendija junto al hueco de la ventana, y se dio cuenta que ya era tarde. Bajó las piernas con parsimonia y sus pies buscaron con desgano las alpargatas. Quedó de pie y por un momento le costó orientarse. Todo él era una extraña sensación de pereza. La voluntad le abandonaba y, a decir verdad, hubiese querido que aquella tardecita no llegara nunca.

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EL DÍA QUE WILLIMAN NO VINO

   18 junio 2014  en RHR - Nº 6


El Dr. Williman, Jefe del 4º de Guardias Nacionales en 1904

Néstor Sabattino Dossi

SUMARIO: 1. Introducción – 2. Un repaso de la época – 3. La Comisión de Recepción – 4. El Programa Oficial –
5. Una “casa de príncipes” – 6. El optimismo al máximo –
7. El frenesí de los rochenses – 8 ¡Terminen el teatro! –
9. Comienzan los problemas – 10. El Coronel Solari –
11. Una noche para el estreno – 12. Febrero: nuevas esperanzas, otras frustraciones – 13. Epílogo

 

 1. Introducción
 

A decir verdad, si alguna cosa nunca le gustó a Enriqueta, fue levantarse temprano. Esa mañana no era la excepción, y por lo tanto a las diez y media de la mañana, la encontraba sentada en la baranda de su casa de la calle Misiones, todavía en ropas de dormir. Allí saboreó el primer mate que le alcanzaba Maura, su acompañante de tantos años.

Procuraba disfrutar un rato de aquellos benignos y casi primaverales días de agosto. Los ralos canteros de su jardín lucían un tanto deslucidos, pero, allí estaban ellas, sus “violetas de los Alpes”, enfrentando el invierno, florecidas, en una explosión de verde y otros múltiples colores.

Enriqueta amaba sus violetas, casi diría que era una coleccionista de las mismas. En ese sentido, en la ciudad de Rocha, solo era seguida, muy lejos, en su afición, por el escribano Diego Costas, quien, en su jardín de la calle Rincón, también las cultivaba con especial esmero. Ambos se visitaban y a menudo intercambiaban plantas y consejos.

En esa mañana, tan ensimismada estaba Enriqueta con aquellas enormes flores de un rosado intenso, recién nacidas, que casi no había notado la presencia de sus teros. Con ellos mantenía diariamente, una relación casi humana. Estaba orgullosa de ellos.

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