Jesús Perdomo

SUMARIO: 1. “Vecino, el Chuy se va con Artigas” – 2. La idea entre churrascos – 3. ¡Ahijuna que se nos vienen! – 4. Echando a andar la idea – 5. ¿Quiénes eran? – 6. Artigas en Santa Teresa – 7. La vuelta del ´64 – 8. El pueblo de Santa Teresa – 9. El campamento de la Redota del ´64 – 10. ¿Qué hacer? – 11. Llega el invasor – 12. Mucho más que cenizas – 13. Nace el Éxodo

 

“En la madrugada de hoy,
doce de octubre del once,
cada uno dijo: ¡me voy!
Será una fecha en el bronce”

 

1. “Vecino: el Chuy se va con Artigas”

 

Vecino de este barrio: Chuy se moviliza para celebrar el día de Artigas con un acto nunca visto en nuestros anales nacionales: revivir, con en una grandiosa representación teatral, el Éxodo del Pueblo Oriental de 1811.

¿Quiénes van a ser los personajes de esta representación? Todos los vecinos de Chuy. El 19, Chuy – de punta a punta- ¡se va con Artigas! Y éstos son los cantos que el pueblo entonará durante la marcha. Aquí estamos repartiendo las letras.

El coche-parlante, en tiempos todavía sin radio local, concitaba unánime atención de parte de los vecinos. Tampoco se conocían los grabadores portátiles: todo se hacía “a pulmón”.

Aparte del conductor del coche, en el asiento trasero iba el locutor-cantor invitando: “Vecino, el 19(…) y éstos son los cantos que todos entonaremos…

Enseguida entonaba uno de los tres cánticos oficiales para la proyectada  “Redota”: “Marcha Oriental”, “Cielito de los Tupamaros” y “Cielito de la Redota”, compuesto para la ocasión.

Al lado del locutor-cantor se sentaba el cebador de mate, esencial para lubricarle la garganta. Y, en el asiento delantero, el repartidor de las letras a cantar, impresas en el servicial mimeógrafo del liceo. Durante los quince días previos al 19, el coche-parlante recorrió incansable centro y barrios de Chuy, hasta el último rincón.

 

 

“Avanzan muchas carretas

con su chirriante canción.

Bajo el toldo de la noche

se enciende el primer fogón”

 

 

2. La idea entre churrascos

 

El Éxodo del Pueblo Oriental por Diógenes Hecquet

El Éxodo del Pueblo Oriental por Diógenes Hecquet

Los churrascos “a la llama” se iban dorando lentamente en la estufa del maestro “Pancho” Leiza. Estábamos allí la infaltable barra del mediodía: el actor Orlando Tocce, el poeta Rondán Martínez, el docente de música Jesús Perdomo, junto al dueño de casa, el maestro Francisco Leiza, emblemático Director de la Escuela No. 28, por entonces la única escuela de Villa Chuy. Estábamos a finales de mayo de 1964.

– Caramba, ¡se nos viene encima el 19 de junio y no tenemos nada preparado!- comenta alguien.

– ¡Y éste no es un 19 cualquiera! Se cumplen los 200 años del nacimiento de Artigas. ¡Habrá que esmerarse! – agrega el maestro Pancho.

– ¡Pah! La de discursos que habrá que aguantar… – comenta un tercero – ¿No habrá modo de salvarnos de las interminables peroratas?

– ¡Lo hay!- terció el actor Tocce -. ¡Hagamos una movida de masas!

– Ah sí. Podríamos recrear la batalla de Las Piedras, con muertos y todo…- tiró, guaseándose, el músico – Vayan haciendo las listas con los candidatos a “víctimas”…

– No, señor. Vamos a recrear, con todo el pueblo de Chuy, el Éxodo del Pueblo Oriental.

La rotunda firmeza en la voz de Orlando Tocce nos sacudió como choque eléctrico.

– ¡Eso!- agregó el indio Rondán Martínez – Pero, la vamos a hacer bajo el nombre verdadero, como la llamaron los paisanos de 1811. En las calles de Chuy haremos “La Redota”.

Y así, llanamente, en rueda de amigos, nació la idea para una celebración patriótica popular, la más mentada en la historia de Chuy, que mereció este juicio por parte del diario capitalino “El Día”: “Una de las celebraciones más originales y enfervorizadas que sea dable presenciar: la Redota (…) Ver a todo un Pueblo cantando en masa por la calle no es un hecho común, y ese milagro se logró hoy en el Chuy…

 

 

“¡Ansina, cante un cielito!

me dicen las buenas mozas

apretando el pañuelito

perfumado por las rosas…

 

3. ¡Ahijuna que se nos vienen!

 

 

– ¡Se vienen! – el grito despavorido lo cortó en seco al payador y un galope frenético se rayó en la puerta misma de la pulpería de Noguera, en Pueblo Santa Teresa. – ¡Se vienen! – chorreándole agua al panza de burro y al poncho, la oscura silueta de un paisano quedó enmarcada en la puerta de la pulpería como agorera aparición.

Es la noche del 1º de setiembre de 1811. Cae una tenue llovizna pero la pulpería de Antonio Noguera revienta de parroquianos. Es un rancho espacioso, tal vez el más grande del Pueblo Santa Teresa. Sus paredes de adobe y el quinchado del techo piden a gritos un piadoso retoque, castigados por el aire salitroso que sopla sin obstáculos desde el cercano océano.

El mobiliario de la pulpería es precario y muy gastado, pero ningún parroquiano – ni civiles ni soldados- se fija en eso. Están  embobados escuchando a dos payadores de primera.

La atracción más fuerte está en el invitado que trajo de Montevideo el Capitán de Voluntarios don José Gerónimo de Sosa, que resulta vecino de Santa Teresa porque tiene su estancia al otro lado de la Laguna Negra.

Don Gerónimo gusta de ser prolijo en sus asuntos y, por eso, tiene contratado un apoderado legal en la capital. Lo bueno es que al apoderado de de Sosa lo atraen tanto los papeles legales como la copla, la payada y la guitarra. Se llama Bartolomé Hidalgo, tiene semblante mestizo y, esta noche, es la gran atracción en la pulpería de Noguera, en Pueblo Santa Teresa.

El Payador pueblero ahora se corta solo, con unos versitos picantes, que bien sabe que van a gustar, porque son muy de actualidad:

 

Si un criollo roba unos pesos

a algún godo señorón,

le dan cepo, lo apalean,

lo enchalecan por ladrón.

 

Pero, si un godo ladino

a cien criollos estafó,

la Ley mira pa ´otro lado

y… ¡aquí nadita pasó!

 

Explotó la paisanada de Santa Teresa en griterío y aplausos, festejando la acertada copla. Bartolo Hidalgo aprovecha para retemplar las cuerdas de su guitarra, que se habían “bajado” con la humedad del cercano mar. Después, le da un beso al jarro de ginebra, se compone el pecho y canta:

 

Libertá tiene el de arriba

y arriba está el chapetón.

Pa ´los que estamos abajo

Hay un modo…

 

– ¡Se vienen!- el grito despavorido lo cortó en seco al payador Bartolo Hidalgo, mientras la silueta de un paisano quedó enmarcada en la puerta de la pulpería.

– ¿No me han oído, carajo? ¡Se nos vienen! – ahora, al avanzar, la gritona aparición resultó ser Marcelo Rosales, baqueano y chasque del Pueblo Santa Teresa. En el silencio inmóvil de la concurrencia la voz del pulpero Noguera buscó la tensión ofreciendo algo de beber.

– Sacúdete el poncho, Marcelo, y dentra al reparo que te sirvo una caña… ¡A ver si te güelve el alma al cuerpo!

– ¡Qué caña ni que carajo! ¡Se nos vienen los portugos, les digo! ¡Pa´ cualquier momento los tenemos aquí, en Santa Teresa!

– ¿Tonce?…- preguntó tímidamente un mozo- ¿No es amague, como se decía?

– La Caballería del Portugal dentró por el Yaguarón, agarró Melo, bandió el Tacuarí y el San Luis y ya pasaron por el San Miguel.

– ¿Y son como…?

– ¡Miles! Bien montaos y mejor aperaos pa´ peliar! Aura mesmo han de estarse juntando en el puntal Paraguayo de la Merim con los infantes que bajaron embarcados por la Laguna.

– ¿Y dispués?

– ¡Se nos vienen derechito! ¡Miles de portugos! ¡Se nos vienen!

El chasque Marcelo Rosales avanzó al centro de la pulpería, se volcó para atrás el poncho, recorrió con fiera mirada al ruedo de parroquianos, pasmados con la noticia y remató:

-Aura… ¿qué hacemos? ¿con qué carajo los atajamos?, ¿cómo?

Canchero como todo pulpero experiente, Noguera salió a terciar en el desafío de Rosales.

-¿Me disculpas, che Marcelo? Antes de atender tu reclamo, deja que me saque una espina. A ver, don Bartolo ¿cómo terminaba la coplita aquella de la “Libertá” que se le quedó manca?

Hidalgo levantó la mirada hacia la cercana fortaleza, entre vista a través de la llovizna, después jugueteó con las cuerdas, mientras recorría con firme mirada a uno por uno de los tostados y barbudos rostros que lo rodeaban expectantes. Entonces, arrancó con un seco redoble de cifra y cantó:

 

Libertá tiene el de arriba

y arriba está el chapetón.

Pa´ los que estamos abajo

hay un modo…

¡Revolución!

 

 

“Arriba, estrellas que velan,

ya no cantan las chicharras,

sino los grillos que vuelan

pidiéndome la guitarra…

 

 

4. Echando a andar la idea

 

 

El Éxodo del Pueblo Oriental por Luis Damiani

El Éxodo del Pueblo Oriental por Luis Damiani

Aquella “Redota del 64” de Chuy, tuvo una preparación muy minuciosa y prolija por parte de la asamblea de entidades chuienses conformada para la ocasión. Y así, de cada sector de trabajo se encargaron equipos especializados de vecinos: finanzas, recepción, publicidad, decoración, información, decoración de calles y plaza, amplificación, actos barriales preparatorios, pirotecnia, supervisión de la marcha, etc.

Por ejemplo, “información histórica” insistía en que no aparecieran las banderas nacionales, ni siquiera la de Artigas. No las había en 1811. Si se aconsejaba portar gallardetes de alguno de los tres colores patrios, especialmente el blanco.

La asamblea de entidades chuienses encomendó al Liceo Piloto y a la Escuela No. 28 la responsabilidad didáctica de hacer conciencia en la población. Fueron veinte laboriosos días.

Primero, los alumnos recibieron el máximo de información a nivel de clase. Luego se transformaron en predicadores de la mística popular del acto. Ayudaban periódicos locales (“El Pregón del Este”), folletos y, en especial, el parlante callejero. Se trataba de transformar mentalmente a cada chuiense de 1964 en un criollo de la Banda Oriental de 1811. Sólo así se lograría una participación conciente y responsable por parte del pueblo. Lo demás lo haría el instinto y el entusiasmo.

 

 

¡Ansina, toque guitarra!

me dicen todos los novios,

olvidan que esto no es farra

sino tragedia sin odios…

 

 

5. ¿Quiénes eran?

 

¿Cuántos vecinos del Pueblo Santa Teresa, núcleo inicial la Redota de 1811, abandonaron sus casas para irse a buscar refugio junto a Artigas?

No se ha encontrado información precisa al respecto, pero si tentativamente, hemos podido confeccionar una lista de paisanos, muchos de ellos cabezas de familia, que alguna vez fueron vecinos del pueblo o muy cercanos a él.

Pena grande que, en la lista, no figure ningún nombre femenino. ¿Acaso no hubo allí ninguna mujer que protagonizara algún hecho digno de recordar? Códigos de la época.

He aquí la lista, ordenada alfabéticamente: Acosta, Juan; Aguirre, Atanasio; Aguirre, Gregorio; Aguirre, Martín; Arellano, Miguel; Argüello, Mariano; Arzuaga, Ramón; Benítez, Manuel; Cobiscochea, Antonio; Campos, Gerónimo; Cardoso Brum, Andrés; Carrasco, Pedro; Castillos, Lorenzo; Chavarría, José; de la Rosa, Cayetano; De Matos, Manuel Lorenzo; De los Santos, Manuel; De Sosa, Gerónimo; De Sosa, Joaquín; Ferreira, Diego; González, Ventura; Hereñú, Pablo; Herrera, Gregorio; Jacobo, Nicolás; Maldonado, Laureano; Mansilla, Marcelino; Mercado, Florentino; Montiel, Santos; Navarro, Sebastián; Noguera, Antonio; Núñez, Ángel; Núñez, D. S. José; Núñez, Francisco; Revilla, José; Reynoso, Antonio; Rolón, Juan José; Rosales, Marcelo; Sandoval, Gabriel; Sánchez, Dionisio; San Martín, Cristóbal; San Martín, Manuel; Silva, Alejandro; Suárez, Anselmo; Urrutia, Miguel y Vallejo, Bernardo.

 

 

Oculto bajo cenizas

marcha el fuego de la Patria,

encendemos con las brisas

los fogones de la angustia…

 

 

 

6. Artigas en Santa Teresa

 

 

El Éxodo del Pueblo Oriental por Melchor Méndez Magariños

El Éxodo del Pueblo Oriental por Melchor Méndez Magariños

Los pagos del Este oriental viven amodorrados, acunados por una “pax hispana” sin amenazas a la vista, por finales del siglo XVIII.

-¡Atención! ¡Tropa a la vista!

La guarnición de Santa Teresa, donde muy pocas novedades rompen la rutina, se aplica curiosa en las murallas del fuerte, mirando al sur. Por el árido arenal, sin árboles, viene avanzando un contingente de jinetes en formación.

Ya próximos al fuerte, la guarnición se sorprende por el color de ese uniforme desconocido: azul oscuro con vivos rojos.

Les abren el portón, ingresan y desmontan. El jinete que viene al frente se adelanta, encara al comandante español de Santa Teresa y se presenta:

-Ayudante de Blandengues José Artigas, para servir a Vuestra Merced.

Corre julio de 1797. Apenas cuatro meses atrás, en Maldonado, Artigas se había enrolado en el cuerpo de Blandengues. El Virrey con “ascendiente sobre los hombres que los pueblan”, le dan la misión de perseguir malhechores.

Su primer destino fue Santa Teresa. Pocos años más tarde, por 1804, un oficial compañero, Eusebio Valdenegro, describe en verso la tarea de este cuerpo militar y de policía rural. Valdenegro, destaca a su compañero Artigas en un compuesto que tituló “El Fogón de los Blandengues”:

 

Emisión de sello conmemorativo

Emisión de sello conmemorativo

Es penosa la vida

de los Blandengues,

recorriendo esta Banda

ayer y siempre…

 

Aunque llueva, aunque truene

por donde fuera,

andamos vigilando

nuestra frontera.

 

El Capitán Artigas

es nuestro ejemplo,

pues no sintió fatigas,

dio cumplimiento…

 

Pocos años atrás se conoció una información sobre Artigas y su relación con la Fortaleza Santa Teresa. La descubrió el inquieto investigador Capitán Federico Merino, quien la expresa así: “José Artigas fue Comandante de Santa Teresa”.

Surge de un escueto documento aduanero de la época colonial, sin indicación de fecha, firmado por el entonces Comandante de Santa Teresa José Artigas.

El Comandante remite a Montevideo una incautación aduanera de mercaderías varias y esclavos ingresados clandestinamente.

Vale destacar que Santa Teresa sirvió como enclave aduanero hasta bastante entrado el Estado Oriental nacido en 1830.

Ahora bien ¿en qué fecha ocupó ese cargo?, ¿durante cuánto tiempo?, ¿cómo fue su delicado mandato? Nada se sabe. Durante las Invasiones Inglesas (1806 y 1807) se produjo un devastador incendio que destruyó los Archivos de la Aduana colonial, donde Federico Merino supone que se conservaría la documentación correspondiente.

El investigador maneja indicios para llegar a la conclusión de que esta tarea del futuro prócer oriental debe haberse concretado entre los años 1803 y 1806.

Queda muy claro que por 1811 José Artigas no resultaba persona extraña para los pobladores del Pueblo Santa Teresa.

¡Cómo lamentamos la falta de detalles que nos pinten el día a día de su mandato como Comandante del Fuerte, todavía al servicio de España!

De seguro grabó una imagen muy positiva en los ojos de los teresianos, quienes- cuando se vean desamparados y amenazados por avance portugués-, no durarán en buscar en masa su protección.

 

 

 

En noche de primavera

nos saludan las lechuzas,

desvela gente pueblera

cuando afilamos las chuzas

 

 

 

7. La Redota del ´64

 

 

La gran columna popular se puso en marcha por la avenida Internacional, intercalados entre la masa los grupos caracterizados: gauchos y paisanos en las carretas, payadores con sus guitarras terciadas, pregoneros coloniales, negros con sus tamboriles, una nutrida columna de jinetes con sus gallardetes de colores artiguistas y grupos de escolares, liceales y público, con sus atados y avíos de viaje.

Los edificios frente a los cuales pasaba la columna fueron engalanados convenientemente. Carretas y demás accesorios de época fueron dispuestos a la vera del camino.

La marcha de la Redota estuvo jalonada por intervenciones corales del pueblo en cánticos y aclamaciones hasta llegar a la plaza. Desde el parlante – disimulado dentro de una coqueta volanta – ubicado en el punto central de la columna, la recitación de poemas escritos para la ocasión por el poeta José Mª Rondán Martínez, le daban emotivo color histórico a la correntada “redotera”.

Inesperadamente tuvimos la presencia de auténticos  indios. En efecto, un grupo de indios brasileños, de una Reserva del Matto Grosso que venían recorriendo nuestra frontera fueron invitados a participar y se adhirieron gustosos, engalanados con sus pintorescos atuendos de fiesta, dándole una inesperada nota de autenticidad a la redota de los chuienses.

 

 

 

Y con sus botes de cuero,

jangadas para carruajes,

ayudaron con esmero

desviviéndose los salvajes…”

 

 

9. El Pueblo de Santa Teresa

 

 

Como estoy convencido de que el primer paso de los portugueses es el posesionarse de esta Fortaleza, que les es sumamente ventajoso (…) y que se encaminan a ella con todo su Ejército, he creído temerario el empeño de sostenerla a toda costa (…) Por lo que he resuelto que, en un caso apurado, se destruya la Fortaleza, haciendo volar los dos Baluartes que miran al Este y corresponden a nuestro campo” (General José Rondeau, 28 de agosto de 1811)

Obviamente, en simultáneo con las voladuras de baluartes, la fortaleza es evacuada de la guarnición que la servía. Es así que el Capitán Pablo Pérez, que la manda, el 2 de setiembre, se retira buscando el campamento artiguista, que está sitiando al Montevideo español.

Los soldados se han marchado, los vecinos del pueblo se quedan solos. ¿Qué se sabe de este Pueblo Santa Teresa? El ala de la muralla del fuerte le dio abrigo. Así nació y fue creciendo. La mayoría ranchos – tal vez unos veinte o treinta – más unas pocas casas de piedra: seis en total, cuyos cimientos todavía están a la vista.

La generosa paja de los bañados cercanos les pone techo a todas. ¿Quiénes lo pueblan? Familiares de los soldados de la guarnición, de los hábiles picapedreros indios venidos de los pueblos misioneros para la construcción del fuerte, de los presos traídos desde Montevideo para trabajos forzados, capataces y peonada de las carretas al servicio del fuerte, familias criollas “de la vuelta” que buscan protección bajo los muros de Santa Teresa. Esos eran sus pobladores.

El pueblo ha sabido contar con dos pulperías – sociabilidad gaucha de naipe, trago y payada-, una escuelita de primeras letras y hasta una atahona para moler trigo y maíz.

¿Cuántas almas habitan el Pueblo Santa Teresa, al despuntar setiembre 1811? Se ha calculado que entre 150 y 200.

 

 

Ya es tiempo de descanso

que mañana habrá fatigas,

avanzamos siempre al paso

como lo ha dispuesto Artigas

 

 

 

10. El campamento de la Redota de 1964

 

 

Recreación del Éxodo en la Fortaleza de Santa Teresa en el marco de la conmemoración del Bicentenario de 1811

Recreación del Éxodo en la Fortaleza de Santa Teresa en el marco de la conmemoración del Bicentenario de 1811

El perímetro de la plaza de Chuy estuvo jalonado de palenques para los caballos. La fuente fue arreglada con sauces y ramas para simular una laguna y, junto a ella, un gran escenario, alto y techado como enramada criolla, constituyó el centro escénico del acto final.

Toda la acción giró, entonces, alrededor de un personaje histórico, Pedro José Viera, uno de los jefes de Asencio. Su ascendiente sobre la paisanada estribaba en su destreza para tareas rurales, decidora simpatía con buen humor y una rara habilidad como bailarín de pericón, pero sobre ¡zancos! De ahí su apodo de “Perico el Bailarín”.

Sus palabras y gestos provocaron contrapuntos payadorescos, malambos, recitados, cantos y cielitos. Un emotivo toque de clarín pautó el emotivo momento de recuerdo para los muertos por la Patria naciente, la apoteosis de campamento: mientras los Coros entonaban el “Cielito de la Redota”, “Perico” voceaba vivas en la población, sobre un fondo de nutrida cohetería y repiques en las campanas de la cercana capilla.

Así culminó la Redota – protagonizada por todo el vecindario de Chuy en el año de nuestro señor de 1964-, la primera recreación del Éxodo del Pueblo Oriental realizada en nuestro país.

 

 

 

En el día de los muertos

cavamos las sepulturas

para un anciano de los nuestros,

una madre y sus criaturas.”

 

 

 

11. ¿Qué hacer?

 

 

¿Qué pasó con los vecinos del Pueblo Santa Teresa, luego de marcharse los soldados del Capitán Pablo Pérez?

Esa noche lluviosa del 1º de setiembre de 1811, cuando cada parroquiano dejó la pulpería de Noguera y se encaminó a su rancho, ¿de qué habló con su mujer y sus hijos?

En cada humilde hogar, mientras la llovizna cae sobre Santa Teresa, a la temblona luz del candil de sebo, padres, muchachos y niños se estrechan en abrazo protector. Y hablan. En voz baja y tensa. ¿Qué se dicen, mientras la llovizna cae monótona sobre Santa Teresa?

Y más tarde, a la luz del día 2 ¿con qué ánimo los vecinos comentarían el retiro de la guarnición del Capitán Pablo Pérez, dejándolos solos? Podemos imaginar las nerviosas corridas de rancho en rancho. Solos, abandonados a su suerte, indefensos frente al enemigo que avanza implacable, poderoso y altanero.

En especial, los pobladores tapes del pueblo, ¿qué podían esperar del invasor portugués?, ¿del temible bandeirante, cuya rapacidad y crueldad les era bien conocida por los relatos de sus abuelos misioneros?

Aquel mismo 2 de setiembre, ¿hubo acaso agitada y tumultuosa asamblea de los cabezas de familia del Pueblo Santa Teresa?; ¿tal vez en la pulpería de Noguera, abierta “para las buenas y para las malas”?

Lo imaginamos. Todos los rostros vueltos hacia los más ancianos del pueblo, al viejo modo guaraní… los ancianos, los sabios, esperando de ellos consejo y aliento para enfrentar esta hora de acechanza.

 

 

 

Los portugueses se vienen

por el Este y por el Norte,

y Elío en Montevideo

al pueblo no le da corte…”

 

 

 

12.  Llega el invasor

 

 

¿Qué pasó con los civiles, los vecinos del pueblo Santa Teresa? No se conoce documentación oriental que nos responda. Pero si disponemos de un invalorable documento redactado por el propio jefe invasor portugués. Invalorable e insospechable.

Informa el Mariscal Manuel Márques, jefe que ocupó Santa Teresa, a su superior, el Gral. Diego de Souza. En el Parte Oficial de la ocupación, a Márques se le “escapan” dos indicios. Uno de ellos es tan mínimo que apenas si consta de una palabra y ésta de tan sólo 3 letras:

Hoy, 5 de setiembre, por las 11 del día, entré en la Fortaleza está dañada en tres diferentes partes, presentando brechas abiertas por cargas de pólvora (…) Ordené apagar los fuegos que todavía ardían en ella (…)

Fuera de la Fortaleza existen aún media docena de casas de los vecinos, que se fueron obligados, y tal vez algunos vuelvan todavía…” (negritas nuestras)

Pero, veamos. Al hablar de viviendas, resulta muy reveladora esa palabrita de solo tres letras, “aún”. Entonces, ¿antes había más casas?, ¿qué pasó con ellas? “Aún existe media docena? Justamente, la cifra de casas de piedra que, décadas después, anotará el informe del Agrimensor Juanicó, y cuyos cimientos todavía se encuentran a la vista. Exactamente media docena de casas de piedra.

Pero, ¿y los ranchos?, ¿qué les sucedió, los que eran mayoría en el pueblo? ¿Acaso en esto tiene que ver el muy diferente grado de combustibilidad de la paja y la piedra?

 

 

Atrás quedaron los ranchos

ardiendo en fuego y recursos.

Abren camino los potros,

atrás van los bueyes lerdos…

 

 

 

13.  Mucho más que cenizas

 

 

El Mariscal Márques, informa: “Ordené apagar fuegos en el Fuerte…” (negrita nuestra). De seguro, otros fuegos consumiendo precarias maderas y pajas, ya se habían apagado cuando el militar se encontró a esos dos vecinos muy pobres. Claro, los demás se habían retirado “obligados”. ¿Qué otra cosa podía decir el orgulloso jefe lusitano frente al humillante desaire propinado por unas inermes familias que no confían en el “ejército pacificador”, como se autodenominaba el invasor? No sólo se marcharon, sino que dejaron para los lusitanos un único obsequio: cenizas.

¿Acaso la fortaleza dañada por fuegos de pólvora les dio la idea a los pobladores? O, tal vez les llegó por vía de algún Alcalde el tremendo mandato de aquel hombre que, pocos años atrás, habían tenido por vecino comandante del fuerte, un tal José Artigas. “Es preferible la muerte  a la despreciable dominación”.

¿O acaso la épica resolución nació, espontánea y afiliada, de lo más profundo de sus espíritus?

No labraron acta del hecho. Dejaron sí al marcharse en masa un “documento”. Ese que indirecta y pudorosamente señaló el Mariscal Márques con su “aún”. Dejaron un montón de cenizas, la partida de defunción de todo un Pueblo.

Tremendas esas humildes cenizas. Son el testimonio de una comunidad, tan humilde como ellas, la primera en toda la Banda Oriental que asumió colectivamente un designio aglutinador de nacionalidad.

Lo asumió y lo firmó con el holocausto masivo de sus viviendas y luego… la emigración.

 

Cielito, cielo que sí,

cielito del pueblo en marcha,

los Orientales caminan

sin miedo al sol ni a la escarcha”

 

 

14.  Nace el Éxodo

 

 

El Éxodo (fragmento) por Guillermo Rodríguez

El Éxodo (fragmento) por Guillermo Rodríguez

1811, setiembre. Ráfagas de espeso humo, que trae el viento del noreste, barren las aguas de “Ulmá”, la laguna Negra. Imprecisa primero, más mínima después, recortándose como oscura culebra contra el sol que viene haciendo del mar, una lenta caravana avanza, subiendo y bajando los pelados médanos.

Reflejándose en el oscuro ojo de la gran laguna “Ulmá” (como la nominaban los indígenas locales), desfilan los jinetes de hombros caídos y desamparo en la mirada, carretas apresuradamente cargadas, niños, viejos, mujeres, algunos perros. En sus miradas, miedo y tristezas, pero también un algo de esperanza.

Empujados por las ráfagas de humo, pasan como sonámbulos rumbo al suroeste, orillando la laguna. Mujeres y ancianos juntaron sus humildes tarecos en alguna carreta compartida, ensillaron y montaron los hombres, con algún gurí en ancas, y allá se fueron, empujados por las ráfagas de humo de sus ranchos quemándose.

Más carretas y jinetes se van agregando a la oscura culebra que lentamente baja orillando el ojo silencioso de “Ulmá”, la Negra…

Cuando la caravana se pierde entre los palmares, más allá de la punta sur del bañado de la Angostura, todo un pago se ha puesto en marcha.

El Éxodo ha comenzado…

 

 

 

De la mano con el alba,

Artigas, Caudillo y Guía,

Buscamos una Esperanza

con coraje y rebeldía…

 

 

 

 

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